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CIPEC

CIPEC, acrónimo de Corpus Iconográfico de los Poemas Épico-Caballerescos, pretende recopilar y estudiar un conjunto de xilografías que sirven de complemento iconográfico a las ediciones españolas de poemas épico-caballerescos publicadas en los siglos XVI y XVII. El objetivo de este proyecto es reconstruir la memoria literaria de las obras no sola y específicamente en términos textuales, sino también considerando la aportación de tipo visual representada por distintas tipologías, entre ellas viñetas, letras capitulares, retratos, marcas tipográficas, escudos, etc., con el propósito de investigar sobre la historia y la iconografía del libro antiguo, así como las repercusiones sociales, culturales y artísticas que surgieron. 

Los materiales recopilados y estudiados por el grupo de investigación proceden principalmente de las ediciones digitalizadas por las diversas bibliotecas europeas, americanas y, especialmente, de la Biblioteca Nacional de España con la que la Universidad de Catania ha firmado un Memorando de Entendimiento. 

El análisis de los ejemplares interceptados en BiPEC permite, en algunos casos, verificar, reordenar y esquematizar un primer iter de los textos renacentistas en Europa y revisar algunas cuestiones sobre la tradición y circulación del género épico-caballeresco en España.


Letras capitulares



Portadas

La fortuna editorial y la reconstrucción crítica de las obras literarias aquí analizadas pone de relieve, de manera significativa, la importancia que el aparato figurativo ha tenido en la recepción y en la fruición de estos textos, más allá de su mero valor decorativo. A partir del siglo XVI, las portadas se convierten en la entrada iconográfica al libro, colocándose al inicio del texto y convirtiéndose en una verdadera obra de arte xilográfica, en la que se recogen no solo las informaciones necesarias para identificar la obra, como el título, el nombre del autor, el lugar de impresión y el año de publicación.

En el caso de BiPEC, estas ilustraciones son también expresión de una cultura visual, de una iconosfera específica que migra desde otros espacios y se regenera con el tiempo. En ellas se reconocen todas las características iconográficas del Renacimiento que muestran una serie de recursos estilísticos y fórmulas visuales que se convierten en prototipos del taller tipográfico, y que se repiten y adquieren un nuevo valor en función de la finalidad y del gusto tanto del comitente como del editor y/o impresor, en un contexto español que toma el arte italiano de la época como un modelo imprescindible.

Dentro de la más renacentista de las tradiciones, por tanto, la portada se presenta como ilustración de la palabra. Al título de la obra y a las demás indicaciones de carácter textual, se integran elementos arquitectónicos propios del arte del Renacimiento, donde cobran vida figuras alegóricas, escenas mitológicas extraídas del gusto anticuario y de la iconografía clásica, clípeos con retratos, tapices y tejidos que parecen abrir la escena al imaginario textual y visual de la obra. Cariátides y atlantes que sostienen el marco inicial se presentan así como grupos escultóricos de reminiscencia miguelangelesca, ennobleciendo el aspecto del objeto-libro y enfatizando su contenido.


Retratos


Viñetas

En el taller tipográfico renacentista, el objeto-libro – especialmente en las ediciones de mayor valor – solía incluir en su interior viñetas que ilustraban episodios específicos relacionados con la narración de la obra literaria. La elección recaía, a menudo, en aquellos considerados más significativos por una labor conjunta entre impresor, autor, comitente y, en raros casos, artista. También las viñetas que presentamos en esta amplia selección, como imponía en la mayoría de los casos la tradición editorial renacentista, están realizadas con la técnica de la xilografía y se inspiran en estilos y modelos iconográficos del periodo.

El corpus iconográfico presente en el libro contribuía, sin duda, a enriquecer la obra, que de hecho pasaba a formar parte de una producción más costosa y lujosa. Sin embargo, en el análisis de las xilografías aquí presentadas, las cuestiones visuales se revelan más complejas. La inserción en el texto de una serie de viñetas, colocadas al principio de cada canto, marcaba la escritura y armonizaba la narración. En la mayoría de los casos, se trata de un pequeño recuadro rectangular en el que podían representarse detenidamente varios niveles narrativos.

La elección del contenido ilustrado y de la modalidad de representación no era casual y respondía a unos criterios bien definidos. No era raro que los tacos xilográficos se reutilizaran en diferentes obras pertenecientes a la misma materia, lo que no solo consolidaba la fama de ciertas ilustraciones, sino que además permitía su adaptación a nuevos contextos, añadiendo así un valor interpretativo adicional a la iconografía. Todo ello ha permitido comprender de qué manera trabajaban las imprentas y los artistas, así como reconstruir una red de ilustraciones mucho más compleja, en la que, sin duda, junto al libro viajaban y se desplazaban también las imágenes.

En cada caso particular, el corpus xilográfico tenía como objetivo proyectar en el imaginario del lector huellas – en forma de sugerencias visuales – de un personaje, de un lugar o de un episodio narrado en el libro, y transmitir en el contexto español la obra literaria sin desligarla nunca de su carga y de su valor visual.